Clases de verano con Sarita 5
Estaba tumbado en mi cama pensando en ella cuando recibĂ su llamada. Me levantĂ© y observĂ© el crepĂşsculo desde mi ventana. PrometĂa ser una noche clara y estrellada.
—Hola… ÂżCĂłmo estás? —pronunciĂł con su dulce voz al otro lado de la lĂnea.
—Bien, justo ahora estaba pensando en tà —admitĂ.
—¿De verdad? Jijiji… ¿Cómo exactamente…? —preguntó bajando un poco la voz, y supuse que su madre o su padre andaban cerca.
—Bueno… ya sabes… ehem… —carraspeé—. Me preguntaba cuándo tenĂa que venir a darte la prĂłxima clase.
—Ya… claro… —dijo con un tono sarcástico—. Aunque por eso te llamo, es verdad. Pues mira, mañana al final no puedo… mi madre se ha tomado el dĂa libre y la voy a acompañar a hacer algunos recados.
—Vale… normal no pasa nada —contesté ocultando mi decepción.
—Pero nos podemos ver lunes por la mañana, si te va bien…
—No hay problema, me adapto a lo que me digas —dije, más animado.
—¡Genial! Aunque bueno, tambiĂ©n querĂa preguntarte… —dijo dudando— en fin, es que mi madre quiere preguntarte algo… te la paso —dijo al final tajante.
Me entró un sudor repentino mientras esperaba que Sarita le acercara el teléfono a su madre. Después de lo vivido, me pregunté si la señora sospechaba algo.
—¿Hola…? —dije al fin al no oĂr nada al otro lado de la lĂnea.
—Hola, cariño, perdona que te m*****e… ¿todo bien? —dijo la mamá de Sarita, educadamente.
—SĂ, todo bien… y no hay problema no me m*****a.
—Siempre tan amable… y oye, perdona que os cancele la clase para mañana tan al último momento, ha sido una decisión de última hora.
—No se preocupe, que no pasa nada… —dije ya algo más tranquilo, al notar el tono amable de la señora—. ÂżSarita me decĂa que tiene algo que preguntarme?
—SĂ, oye… es que me ha comentado que habĂ©is hablado de ir un dĂa a la playa.
—Ehem… bueno… más o menos… —balbuceé, pillado por sorpresa y sin saber qué decir.
—Supongo que el lunes podrĂa ser… TendrĂa que cancelar una clase de equitaciĂłn… pero bueno, por un dĂa… no pasa nada —dijo la madre de Sarita, ante mi mayor sorpresa.
—Vaya… pues, no creo, supongo… —dije, aĂşn intentando convencerme a mĂ mismo de lo que oĂa; ¿…en serio me estaba dando permiso para llevarme a su hija a la playa?
—Lo que querĂa preguntarte es si necesito pagarte por el desplazamiento, o la comida, o lo que me digas…
Me quedĂ© a cuadros. Tanta era la confianza que me tenĂa esta familia que la primera preocupaciĂłn de la mujer era cubrir mis gastos. Me hizo sentir un poco mal, ya que en ningĂşn caso era mi intenciĂłn era aprovecharme de Sarita. Simplemente las circunstancias nos habĂan llevado a ese punto, y de verdad me preocupaba por ella.
—Es muy amable, pero no hace falta. Ya me paga bastante por todas las clases que le estoy dando este verano. En todo caso puede considerarlo un gesto de mi agradecimiento, por lo buena estudiante que es —dije satisfecho, como cuando un mago saca un conejo de su sombrero.
—Eres un sol… y la verdad, me dice Sarita que las clases van muy bien, que avanzáis muy rápido en el temario —dijo ella orgullosa.
—Su hija es muy inteligente y tiene mucho talento; solo necesita a alguien detrás que la empuje duro en la direcciĂłn adecuada… —sentenciĂ©, ya más envalentonado por el rumbo que habĂa tomado la conversaciĂłn.
—¡Oye pues… no se hable más! La niña se merece una recompensa. Está esforzándose mucho este verano —dijo ella ya convencida— Quedamos entonces en que el lunes os vais a la playa después de vuestra clase. ¿Te parece bien?
—Me parece perfecto…
Con el tema zanjado y los últimos detalles aclarados, colgué el teléfono muy emocionado por la expectativa. Me dà cuenta después de que despedà de la señora sin siquiera acordarme de despedirme de Sarita, tal era mi conmoción por el asunto.
Me pasĂ© el fin de semana con el tema en la cabeza. SalĂ por ahĂ con mis amigos, e incluso alguna chica se me acercĂł en la discoteca buscando plan. Pero mi obsesiĂłn era Sarita, nuestra prĂłxima clase y la salida a la playa, asĂ que terminĂ© pasando de todo. Me echĂ© largas horas en mi cama recordando cada detalle de cada momento pasado con mi alumna, y me preguntaba quĂ© debĂa estar haciendo en ese instante.
El domingo por la tarde no pude soportarlo más y me acerquĂ© con el coche a la plaza donde sabĂa que Sarita y sus amigos de clase solĂan ir a pasar el rato. PensĂ© en hacerme el despistado y pasar a saludarla, preguntarle cualquier tonterĂa; quizá invitarla a tomar algo y tener la oportunidad de hablar con ella a solas y aclarar lo que habĂa entre nosotros.
Pero cuando la vĂ con sus amigos cambiĂ© de idea y discretamente aparquĂ© el coche a cierta distancia, esperando que no me descubriera. Estaba sentada muy pegada a uno de ellos. Más que eso, habĂa pasado su pierna izquierda por encima de la de su compañero, quedando apoyada sobre el muslo de Ă©l. El chico llevaba unos shorts, de manera que el contacto entre sus muslos era directamente de piel contra piel. Y es que la posiciĂłn hacĂa que su corto vestido se le subiera y le quedara muy pegado a la cintura.
IntentĂ© fijarme un poco mejor, ya que Sarita tenĂa las piernas bastante abiertas, e imaginĂ© que sus amigos debĂan estar disfrutando de una visiĂłn bastante buena de su entrepierna. No es que fuera la primera vez que veĂa a Sarita tan relajada y confiada con sus amigos, sabĂa muy bien que esa era su manera de ser. Pero es que ahora verla asĂ me generaba ciertos celos, y me enfadĂ© conmigo mismo más que con ella.
Me preocupaba que lo ocurrido el otro dĂa en su casa no fuera más que el fruto de un calentĂłn momentáneo. CabĂa la posibilidad de que no significara nada para ella, que formara parte de su manera de ser tan cariñosa, y cualquier otra cosa me la estaba montando yo solo en la cabeza. DespuĂ©s de todo, lo que Sarita habĂa dicho era “si fueramos novios…”, en ningĂşn caso habĂa quedado claro que lo fuĂ©ramos.
Me quedĂ© observando a la Sarita de siempre, batallando contra mi propio instinto que me decĂa que esa podrĂa ser mi chica, tonteando y haciendo mimos con otros tĂos. Ella se acurrucaba a su compañero de clase, todavĂa con la pierna apoyada sobre la de Ă©l, y ahora podĂa ver con mis propios ojos cĂłmo se le entreveĂan las braguitas blancas bajo el vestido, sin que ella hiciera mucho esfuerzo para taparse.
DecidĂ poner fin a esa absurda tortura y llamĂ© a un amigo para ir a tomar unas tapas; querĂa sacármela de la cabeza. ArranquĂ© el coche y mirĂ© hacia ella una Ăşltima vez antes de girar la calle y perderla de vista. Se levantĂł, y alzando la faldita de su vestido acomodĂł su trasero directamente sobre las fuertes y peludas piernas de otro de sus amigos, al que tambiĂ©n abrazĂł mientras se reĂan juntos por alguna tonterĂa.
Esa noche dormĂ mal, confundido y excitado por lo que pudiera acontecer a la mañana siguiente. Cuando sonĂł el despertador ya hacĂa al menos una hora que estaba despierto, y ya me habĂa propiciado una buena paja pensando en Sarita, recordando esa primera vez que me pidiĂł que la ayudara con el supositorio apenas unos dĂas atrás. Quizá podrĂa repetir la experiencia esa misma mañana, pensĂ©.
Me levantĂ© en positivo, decidido a no comerme demasiado el tarro y disfrutar del dĂa en su compañĂa. Me duchĂ©, vestĂ y preparĂ© las carpetas con el material para la clase de matemáticas, asĂ como una mochila para luego ir a la playa. Hice todo lo posible para llegar a su casa pronto, unos minutos antes de las ocho de la mañana. Deduje que sus padres ya se habĂan ido a trabajar ya que no habĂa ningĂşn coche aparcado en la rampa del garaje.
Sarita me abriĂł viĂ©ndose espectacular, con otro de sus pijamas puestos. Esta vez una camiseta de tirantes blanca muy ajustada a su torso y unas braguitas de algodĂłn rosas adornadas con lacitos. Sin esperar ni un simple “hola” se lanzĂł sobre mĂ y me propinĂł uno de sus abrazos, acompañado de un par de besos en las mejillas, muy cerca de mis labios. Los sentĂ hĂşmedos, abriendo su boca y presionando mi piel con la mayor superfĂcie de contacto que le era posible.
Ya me puse bastante nervioso y excitado de entrada. Verla de nuevo tan ligerita de ropa sin preocuparse que yo la viera asĂ, y sintiendo el calor que desprendĂa su cuerpecito al apretarse contra el mĂo. Ese aroma a reciĂ©n levantada de la cama, con la confianza y familiaridad que se siente cuando abrazas a alguien tan prĂłximo. Tuve que tomar un par de respiraciones profundas para recomponerme.
—¡Qué bien que hayas llegado pronto! ¡Me muero de ganas por ir a la playa! —gritó emocionada.
—SĂ… claro yo tambiĂ©n… ehem. Pero primero a estudiar, Âżvale? —repliquĂ© intentando ponerme serio controlando mi propia emociĂłn.
—SĂ… que aguafiestas… —respondiĂł con una mueca burlona—. ÂżYa has desayunado?
—La verdad es que no… —admitĂ, acompañándola al interior de la casa.
—Pues vamos a la cocina, que yo me acabo de levantar —dijo risueña mientras corrĂa pasillo abajo, luciendo sus tiernas nalgas medio expuestas.
La ayudĂ© a preparar un poco de fruta y unos cereales. Yo no dejaba de controlar la hora, a sabiendas de lo que tenĂa que pasar a las ocho en punto. Cuando vĂ que pasaban un par de minutos, y al ver que ella no se daba por apercibida, me atrevĂ a preguntar.
—Sarita… Âżno tienes que tomar el medicamento…? —preguntĂ© tĂmidamente—. El supositorio digo…
Se girĂł mirando el reloj de la cocina y con cierto nerviosismo pegĂł un salto dejando a medias una manzana por cortar.
—¡SĂ, casi se me olvida! —y con una cara llena de intenciĂłn y coqueterĂa continuó—. ÂżMe ayudas…?
La seguĂ como las otras veces a su habitaciĂłn, con una erecciĂłn ya muy evidente entre mis piernas anticipando lo que iba a suceder. Me lo sabĂa de memoria, lo habĂa repasado cientos de veces en mi cabeza esos Ăşltimos dĂas. Sarita me entregĂł uno de los pequeños supositorios dentro de su envoltorio, y seguidamente se puso a cuatro patas sobre la cama esperando a que yo la ayudara.
Sudando tanto por el calor como por los nervios, me sentĂ© justo detrás suyo y procedĂ a deslizar ligeramente sus braguitas hasta dejar a la vista ese culito que me tenĂa encandilado. ParĂ© justo a la altura de su sexo, y me fascinĂł ver que ya habĂa un punto de brillo justo en su entrada vaginal. Tuve la tentaciĂłn de hundir un dedo y comprobar hasta quĂ© punto mi alumna preferida estaba mojada.
Reteniendome y convenciéndome de dejar que las cosas siguieran su rumbo natural, sin prisas, liberé el pequeño supositorio de su embalaje. Abrà bien la raja separando una nalga con mi mano izquierda, haciendo que sus agujeros se abrieran un poco más, y acerqué el comprimido a su cerrado y arrugado ano sin más demora.
TenĂa esas sensaciones grabadas en mis mĂşsculos, y mi polla casi me dolĂa de la tensiĂłn, anticipando el tacto de su esfĂnter envolviendo mi dedo. EmpecĂ© a empujar y observĂ© la facilidad con la que su recto recibĂa el supositorio, gracias al lubricante que incorporaba, y en un momento ya lo tenĂa todo en su interior.
Esta vez Sarita no tuvo que recordármelo, y sabiendo lo que querĂa, no me parĂ© y continuĂ© introduciendo la punta de mi Ăndice en su interior. Cuando ya tenĂa la uña dentro, sentĂ como ella tensaba su esfĂnter comprimiendo mi dedo. Con un poco de esa resistencia, seguĂ empujando hasta que mis nudillos tocaron su culo.
—Que no se salga… —dijo Sarita casi con un suspiro.
Casi me corro sintiendo su interior. Ella iba tensando y destensando al mismo tiempo que yo la penetraba casi imperceptiblemente. Un ligero mete y saca que yo justificaba asegurandome de que el supositorio se quedara dentro suyo, lo más al fondo posible. Pero sin duda eso la estimulaba, y lo que antes era tan solo una mota de brillo en su vagina, ahora era excitaciĂłn en toda regla. Su vulva se apreciaba hinchada, casi rojiza, y el flujo desbordaba resbalando por su blanca piel hasta quedarse atrapado ena la fina mata de vello que la cubrĂa.
Ninguno de los dos tuvo prisa en terminar, aunque estaba claro que ya no habĂa necesidad de seguir aguantando. Al cabo de un par o tres de minutos, Sarita se girĂł y mirándome a los ojos con una sonrisa dijo:
—Creo que ya está… mejor que sigamos con lo otro, que nos queda un dĂa muy largo.
Sin duda nos quedaba mucho por hacer antes de irnos juntos a la playa, y la anticipaciĂłn de ese momento tambiĂ©n me excitaba mucho. Despacio, deleitándome con cada milĂmetro que mi dedo penetraba ese apretado recto, fui sacándolo mientras que a veces volvĂa a entrar un poquito como sin querer, provocando que ella reprimiera pequeños gemidos.
Finalmente apartĂ© mis manos de su culito perfecto, y agarrando sus braguitas por ambos lados, las volvĂ a subir a sabiendas de que su ahora muy hĂşmedo coñito las acabarĂa empapando, dejando una mancha translĂşcida justo en el centro de la fina prenda de algodĂłn rosa.
Nos incorporamos y la seguĂ otra vez en direcciĂłn a la cocina. La ayudĂ© a llevar todo a la mesa y nos pusimos a desayunar juntos. Nada parecĂa haber cambiado entre nosotros. Sarita me hablaba de un poco de todo sin preocupaciĂłn. Ninguno de los dos mencionĂł lo que ocurriĂł la Ăşltima vez que nos vimos. ValorĂ© preguntarle sobre ello, pero me parecĂa que iba a estropear el buen momento que estábamos pasando charlando y riendo juntos, como amigos.
Terminamos de comer y despuĂ©s de ayudarla a limpiar nos sentamos de nuevo en la mesa, esta vez para devorar los libros y cuadernos de matemáticas. Sarita se sentĂł a mi lado, tan cerca que su piel me rozaba en las piernas y los brazos. Estaba muy concentrada en todo lo que le explicaba, y respondĂa perfectamente a todas las preguntas que le hacĂa.
Me sentĂ orgulloso de ella, nunca habĂa tenido a una alumna tan buena y aplicada. La felicitaba cada vez que respondĂa correctamente a una de mis preguntas, y ella me lo agradecĂa abrazándome, o acariciándome el brazo.
Hacia el final de la clase, le dĂ un par de problemas que tenĂa que resolver aplicando algunas de las tĂ©cnicas que le acababa de enseñar. Se incorporĂł sobre la mesa, muy concentrada en su libreta y sus apuntes. En vez de tomarme un descanso como solĂa hacer a esas alturas de la clase, me quedĂ© a su lado observándola.
Su camisetita de tirantes se le subĂa ligeramente dejando la parte baja de su espalda y sus caderas al descubierto. La fina puntilla que adornaba sus braguitas rozaba el lĂmite donde su espalda dejaba de ser espalda, y asomaba apenas ese hueco entre sus nalgas.
Concentrada en lo suyo, necesitĂł consultar una página del libro que estaba abierto justo en frente mĂo. Acercándose por encima mĂo, hizo igual que la vĂ hacer la tarde anterior en la plaza con su amigo; pasĂł su pierna por encima de la mĂa y la dejĂł apoyada sobre mi muslo. Luego se reclinĂł sobre mi libro para consultarlo, frotándose contra mi muslo y dejándome sentir la suavidad de su piel.
Desde atrás vĂ como ahora su posiciĂłn habĂa forzado que sus bragas descendieran un poco más, dejando ver ya sin problema la parte alta de sus blancas nalgas. Me retuve para no lanzarme sobre ellas y poder sentirlas entre mis dedos de nuevo. Me limitĂ© a grabarlas a fuego en mis retinas mientras gozaba del contacto de su muslo contra el mĂo, que empezaba a sentir algo hĂşmedo por el sudor que generaba.
Al cabo de unos pocos minutos, Sarita finalmente se echĂł para atrás sobre su silla, aunque dejando aĂşn su pierna sobre la mĂa.
—Creo que ya está… —dijo con un suspiro—. No era tan difĂcil.
Esta vez fui yo quien se inclinĂł sobre la mesa, y en vez de apartar la pierna que Sarita mantenĂa sobre mĂ, simplemente la deslicĂ© un poco más abajo para permitirme incorporarme. AgarrĂ© su muslo con mis dos manos, una sobre la parte externa y la otra sobre la cara interna. La acariciĂ© ligeramente con la palma de mis manos, que no apartĂ© de ella mientras examinaba el ejercicio. RevisĂ© el resultado y el procedimiento; todo estaba perfecto.
—Excelente, Sarita… está perfecto —la felicité—. Ya pronto me podrás enseñar tĂş a mĂ…
—Jajaja… —sonrió ruborizada, mientras yo no dejaba de sentir la suavidad de su piel, especialmente por la parte interior de su muslo—. Muchas gracias… pero es por el buen profesor que tengo.
Entonces se incorporĂł y apoyándose en mi brazo terminĂł de pasar las dos piernas sobre la mĂa, quedándose sentada sobre mĂ. ProcediĂł a regalarme uno de sus abrazos estrella, y luego otro beso en la mejilla que rozĂł mis labios. Me quedĂ© observándola, con ganas de lanzarme a comerle la boca, mientras sus enormes y perfectos ojos se clavaban en mi alma.
—¿Podemos ir a la playa, profesor? —dijo risueña.
—Por supuesto… te lo has ganado —contesté acariciándole la espalda.
Su culito se apretaba contra mi pierna, y ella desplazĂł una rodilla hasta que hizo contacto con mi bulto, abriendo ligeramente las piernas. DejĂł a mi vista la parte central de sus braguitas, justo sobre su vulva habĂa una mancha de humedad claramente visible. No sĂ© si ella era consciente de ello, pero en todo caso no hizo ademán de ocultarla. A los pocos segundos el aroma inconfundible de su sexo fue subiendo e inundĂł mis fosas nasales, volviendo completamente locas a mis hormonas.
ParecĂa que en cualquier momento iba a pasar algo. Su mirada la sentĂa intensa, y el calor que hacĂa y la poca ropa que llevábamos invitaban a dejarse llevar por nuestros instintos a****les. Pero Sarita rompiĂł el instante, y juguetona, dejándose desear, se levantĂł de golpe y empezĂł a recoger los libros y libretas.
—Venga, que quiero aprovechar al máximo de el sol —dijo sin dejar de recoger.
—Tenemos todo el dĂa, Sarita…
—Ya… ¿pero no ves lo blanquita que estoy?
Acompañó la pregunta bajándose las tiritas de su camiseta hasta dejar al descubierto sus pechos. Sin duda se le notaba la marca de esos bañadores de una sola pieza que vestĂa en sus clases de nataciĂłn. La blanca piel de sus senos coronados por un pezĂłn rosado y abultado, contrastaba con el color tostado de sus hombros y brazos.
—¡Eh! Venga, que te quedas pasmado… Me muero de ganas por llegar —dijo recomponiendo su ropa, y agarrando sus quehaceres contra su pecho se fue a guardarlos a su habitación.
Yo seguà su ejemplo y guardé todos mis libros en mi mochila. Ya iba preparado para la playa, con unas bermudas, una camiseta y unas chanclas, y en verano siempre llevaba alguna toalla y ropa de recambio en el coche por si la ocasión se terciaba.
Me acerquĂ© al pasillo pensando en ir con ella a su habitaciĂłn, sabiendo que no le importarĂa que la viera mientras se cambiaba de ropa.
—¡Yo ya estoy listo! —anuncié en voz alta adentrándome ya en medio del pasillo.
Esperaba que ella me invitara claramente a unirme a ella mientras se preparaba. Pero sorprendido vĂ cĂłmo aparecĂa por el corredor, aĂşn vestida como antes y con una mochila colgando del hombro.
—¡Yo también! —exclamó—. No quiero perder ni un minuto… ¡ya me cambiaré en el coche!
Sin demora nos salimos a fuera. TenĂa el coche aparcado en la calle, y me asombrĂł que a Sarita no le importara lo más mĂnimo que los vecinos o cualquiera que pasara por allĂ la viera tan ligerita de ropa. Sin más entramos en el auto y nos pusimos en marcha.
El trayecto duraba una media hora, y normalmente serĂa de lo más agradable excepto que a mi vieja chatarra no le funcionaba el aire acondicionado. El coche ya parecĂa un horno despuĂ©s de haber estado aparcado expuesto al sol, y bajar las ventanillas apenas ayudĂł a refrescar el ambiente.
PodĂa ver goterones de sudor deslizándose por la piel de Sarita, que seguĂa vestida de la misma guisa desde que salimos de su casa. Estaba muy emocionada y no paraba de repetirme el tiempo que hacĂa que no iba a la playa, y sobretodo sin sus padres. Me tocaba el brazo muy a menudo mientras hablábamos, lo que yo aprovechaba para desviar mi mirada a ella y apreciar su cuerpo.
Sus pechos se apretaban contra la tela de esa camiseta de tirantes, que ya exhibĂa ciertas manchas de sudor. Cruzaba las piernas sobre el asiento o apoyaba los pies sobre el salpicadero, cambiando de postura regularmente. SegĂşn la posiciĂłn, la tela de sus braguitas se pegaba al máximo contra su sexo, dibujando su forma y mostrándose aĂşn más mojadas.
Cuando ya llegamos a la carretera nacional en dirección a la costa y a velocidad de crucero, Sarita decidió que era momento de ponerse el bañador.
—Bueno, me voy a cambiar, no mires –dijo, no sé si medio en broma.
En un santiamĂ©n se quitĂł la camiseta, y tuve que ir con cuidado para no dar un volantazo. Luego de forma bastante aparatosa se levantĂł sobre el asiento como de rodillas, y fue deslizando sus braguitas piernas abajo hasta quitarlas completamente. Yo iba vigilando con el rabillo del ojo, girando levemente la cabeza, y sin querer creo que reducĂ la velocidad ensimismado por lo que veĂa.
Solo despuĂ©s de estar completamente desnuda se puso a buscar en su mochila el bañador que tenĂa pensado ponerse. Levantando su trasero expuesto, se inclinĂł hasta encontrar lo que parecĂa un pequeño bikini blanco y un pareo. Con las prendas en la mano, se echĂł para atrás cerrando los ojos, dejando que el sol bañara su cuerpo desnudo.
—Mmmm… qué agustito… —dijo casi gimiendo—. Ojalá pudiera tomar siempre el sol asà sin nada.
Se quedĂł tal cual un rato, con los ojos cerrados relajada sobre su asiento. LlevĂł sus pies sobre el asiento doblando las rodillas y abriendo sus piernas al máximo. No pude evitar mirarla, y ver su sexo abrirse como una flor, aunque fuera solo por unos instantes antes de que lo cubriera con el amasijo de ropa que tenĂa en las manos.
Lo que no tapaba por completo era su pubis, que me distraĂa, completamente ensimismado por esa fina capa de vello oscuro. Al ser poco espesa, esa pelusa tomaba un aspecto translĂşcido, y dejaba entrever el abultado montecito pálido que cubrĂa.
Se mostraba juguetona; medio inocente, medio sabiendo muy bien que me estaba provocando. Se quedĂł al menos diez minutos asĂ, y aunque se habĂa tapado apenas el coño con el pareo hecho una bola delante suyo, era increĂblemente sexy verla mover las piernas de un lado a otro, arriba y abajo, dejando entrever por breves momentos algo más antes de volverse a cubrir.
Sus pezones brillaban bajo los rayos del sol que entraban por el parabrisas. Se me antojaban de tacto sedoso, y sobresalĂan como dos bultitos en en el centro de sus perfectos pechos, dando ganas de apretarlos y comprobar su suavidad y consistencia.
Al cabo de unos minutos tomĂ© la salida hacia la costa; casi habĂamos llegado. EscogĂ un tramo de playa que sabĂa estaba poco frecuentado, más apartado de los principales nĂşcleos turĂsticos, y aĂşn asĂ quedaba cerca de un chiringuito que conocĂa.
Tuvimos que parar en un semáforo y al ver que varios coches se paraban a nuestro lado, Sarita decidió que era momento de vestirse. Un hombre en un todoterreno negro la observaba por su ventanilla mientras se deslizaba la pequeña braguita del bikini por sus finas piernas, colocándola cuidadosamente sobre su monte de Venus y ajustando las tiritas que lo sujetaban sobre sus caderas. Luego fue el turno del top, que también se fijaba a su cuerpo por unas tiras atadas a su cuello y espalda.
Pronto me encontrĂ© aparcando el coche en un descampado a pocos metros de la playa. HabĂa quizá otros seis o siete coches aparcados nada más, asĂ que confiĂ© en que la playa estuviera bastante vacĂa. Con nuestras mochilas en el hombro, cerrĂ© el coche dejándolo desamparado bajo ese sol criminal. Nos Ăbamos a asar durante el camino de vuelta.
Sarita se habĂa puesto un pareo verde alrededor de su cuerpo, pero era casi transparente y dejaba apreciar los gráciles movimientos de su cuerpo al escalar la pequeña colina arenosa que nos separaba de la playa. Desde arriba pudimos observar que, efectivamente, estaba bastante tranquila, apenas unos cuantos grupos de bañistas desperdigados por el ancho de la orilla.
Nos instalamos a media altura, no muy lejos del agua pero todavĂa en la zona donde la arena estaba bien seca. Ésta ya nos quemaba los pies, tal era el calor aĂşn y ser apenas las diez de la mañana. Yo tardĂ© un instante en extender la toalla y quitarme la toalla. Mi joven alumna necesitĂł más preparaciĂłn. ColocĂł la toalla con delicadeza para que ni un grano de arena tocara la parte exterior, y dejĂł sus quehaceres estratĂ©gicamente estudiando la facilidad con la que podrĂa alcanzar cada elemento mientras tomaba el sol.
Una vez terminĂł, deshizo el nudo del pareo y con cuidado lo doblĂł y guardĂł en su saco. Se sentĂł sobre su toalla de motivos hawaianos, y sin dudarlo un segundo llevĂł las manos a los nudos que apenas unos minutos antes habĂa atado para liberar su top. Sus blancos pechos *********tes quedaron a la vista de todo el mundo.
—¡Cuántas ganas tenĂa de hacer esto! —dijo emocionada, delatando que era la primera vez que hacĂa topless—. Si mi madre me pudiera ver me mataba…
Bajo la intensidad del sol, se apreciaba aĂşn más el constraste en su piel, delatando las horas que habĂa pasado ese verano en sus clases de nataciĂłn con bañadores de una pieza. Se definĂan con claridad las tiras en sus hombros, y desde el inicio de sus pechos, pasando por su barriguita, su piel se veĂa casi tan blanca como la braguita de su bikini.
Tumbándose completamente cara arriba, alcanzó la crema solar de un lateral de su bolsa, y pasándomelo dijo:
—¿Me ayudas?
—Hola… ÂżCĂłmo estás? —pronunciĂł con su dulce voz al otro lado de la lĂnea.
—Bien, justo ahora estaba pensando en tà —admitĂ.
—¿De verdad? Jijiji… ¿Cómo exactamente…? —preguntó bajando un poco la voz, y supuse que su madre o su padre andaban cerca.
—Bueno… ya sabes… ehem… —carraspeé—. Me preguntaba cuándo tenĂa que venir a darte la prĂłxima clase.
—Ya… claro… —dijo con un tono sarcástico—. Aunque por eso te llamo, es verdad. Pues mira, mañana al final no puedo… mi madre se ha tomado el dĂa libre y la voy a acompañar a hacer algunos recados.
—Vale… normal no pasa nada —contesté ocultando mi decepción.
—Pero nos podemos ver lunes por la mañana, si te va bien…
—No hay problema, me adapto a lo que me digas —dije, más animado.
—¡Genial! Aunque bueno, tambiĂ©n querĂa preguntarte… —dijo dudando— en fin, es que mi madre quiere preguntarte algo… te la paso —dijo al final tajante.
Me entró un sudor repentino mientras esperaba que Sarita le acercara el teléfono a su madre. Después de lo vivido, me pregunté si la señora sospechaba algo.
—¿Hola…? —dije al fin al no oĂr nada al otro lado de la lĂnea.
—Hola, cariño, perdona que te m*****e… ¿todo bien? —dijo la mamá de Sarita, educadamente.
—SĂ, todo bien… y no hay problema no me m*****a.
—Siempre tan amable… y oye, perdona que os cancele la clase para mañana tan al último momento, ha sido una decisión de última hora.
—No se preocupe, que no pasa nada… —dije ya algo más tranquilo, al notar el tono amable de la señora—. ÂżSarita me decĂa que tiene algo que preguntarme?
—SĂ, oye… es que me ha comentado que habĂ©is hablado de ir un dĂa a la playa.
—Ehem… bueno… más o menos… —balbuceé, pillado por sorpresa y sin saber qué decir.
—Supongo que el lunes podrĂa ser… TendrĂa que cancelar una clase de equitaciĂłn… pero bueno, por un dĂa… no pasa nada —dijo la madre de Sarita, ante mi mayor sorpresa.
—Vaya… pues, no creo, supongo… —dije, aĂşn intentando convencerme a mĂ mismo de lo que oĂa; ¿…en serio me estaba dando permiso para llevarme a su hija a la playa?
—Lo que querĂa preguntarte es si necesito pagarte por el desplazamiento, o la comida, o lo que me digas…
Me quedĂ© a cuadros. Tanta era la confianza que me tenĂa esta familia que la primera preocupaciĂłn de la mujer era cubrir mis gastos. Me hizo sentir un poco mal, ya que en ningĂşn caso era mi intenciĂłn era aprovecharme de Sarita. Simplemente las circunstancias nos habĂan llevado a ese punto, y de verdad me preocupaba por ella.
—Es muy amable, pero no hace falta. Ya me paga bastante por todas las clases que le estoy dando este verano. En todo caso puede considerarlo un gesto de mi agradecimiento, por lo buena estudiante que es —dije satisfecho, como cuando un mago saca un conejo de su sombrero.
—Eres un sol… y la verdad, me dice Sarita que las clases van muy bien, que avanzáis muy rápido en el temario —dijo ella orgullosa.
—Su hija es muy inteligente y tiene mucho talento; solo necesita a alguien detrás que la empuje duro en la direcciĂłn adecuada… —sentenciĂ©, ya más envalentonado por el rumbo que habĂa tomado la conversaciĂłn.
—¡Oye pues… no se hable más! La niña se merece una recompensa. Está esforzándose mucho este verano —dijo ella ya convencida— Quedamos entonces en que el lunes os vais a la playa después de vuestra clase. ¿Te parece bien?
—Me parece perfecto…
Con el tema zanjado y los últimos detalles aclarados, colgué el teléfono muy emocionado por la expectativa. Me dà cuenta después de que despedà de la señora sin siquiera acordarme de despedirme de Sarita, tal era mi conmoción por el asunto.
Me pasĂ© el fin de semana con el tema en la cabeza. SalĂ por ahĂ con mis amigos, e incluso alguna chica se me acercĂł en la discoteca buscando plan. Pero mi obsesiĂłn era Sarita, nuestra prĂłxima clase y la salida a la playa, asĂ que terminĂ© pasando de todo. Me echĂ© largas horas en mi cama recordando cada detalle de cada momento pasado con mi alumna, y me preguntaba quĂ© debĂa estar haciendo en ese instante.
El domingo por la tarde no pude soportarlo más y me acerquĂ© con el coche a la plaza donde sabĂa que Sarita y sus amigos de clase solĂan ir a pasar el rato. PensĂ© en hacerme el despistado y pasar a saludarla, preguntarle cualquier tonterĂa; quizá invitarla a tomar algo y tener la oportunidad de hablar con ella a solas y aclarar lo que habĂa entre nosotros.
Pero cuando la vĂ con sus amigos cambiĂ© de idea y discretamente aparquĂ© el coche a cierta distancia, esperando que no me descubriera. Estaba sentada muy pegada a uno de ellos. Más que eso, habĂa pasado su pierna izquierda por encima de la de su compañero, quedando apoyada sobre el muslo de Ă©l. El chico llevaba unos shorts, de manera que el contacto entre sus muslos era directamente de piel contra piel. Y es que la posiciĂłn hacĂa que su corto vestido se le subiera y le quedara muy pegado a la cintura.
IntentĂ© fijarme un poco mejor, ya que Sarita tenĂa las piernas bastante abiertas, e imaginĂ© que sus amigos debĂan estar disfrutando de una visiĂłn bastante buena de su entrepierna. No es que fuera la primera vez que veĂa a Sarita tan relajada y confiada con sus amigos, sabĂa muy bien que esa era su manera de ser. Pero es que ahora verla asĂ me generaba ciertos celos, y me enfadĂ© conmigo mismo más que con ella.
Me preocupaba que lo ocurrido el otro dĂa en su casa no fuera más que el fruto de un calentĂłn momentáneo. CabĂa la posibilidad de que no significara nada para ella, que formara parte de su manera de ser tan cariñosa, y cualquier otra cosa me la estaba montando yo solo en la cabeza. DespuĂ©s de todo, lo que Sarita habĂa dicho era “si fueramos novios…”, en ningĂşn caso habĂa quedado claro que lo fuĂ©ramos.
Me quedĂ© observando a la Sarita de siempre, batallando contra mi propio instinto que me decĂa que esa podrĂa ser mi chica, tonteando y haciendo mimos con otros tĂos. Ella se acurrucaba a su compañero de clase, todavĂa con la pierna apoyada sobre la de Ă©l, y ahora podĂa ver con mis propios ojos cĂłmo se le entreveĂan las braguitas blancas bajo el vestido, sin que ella hiciera mucho esfuerzo para taparse.
DecidĂ poner fin a esa absurda tortura y llamĂ© a un amigo para ir a tomar unas tapas; querĂa sacármela de la cabeza. ArranquĂ© el coche y mirĂ© hacia ella una Ăşltima vez antes de girar la calle y perderla de vista. Se levantĂł, y alzando la faldita de su vestido acomodĂł su trasero directamente sobre las fuertes y peludas piernas de otro de sus amigos, al que tambiĂ©n abrazĂł mientras se reĂan juntos por alguna tonterĂa.
Esa noche dormĂ mal, confundido y excitado por lo que pudiera acontecer a la mañana siguiente. Cuando sonĂł el despertador ya hacĂa al menos una hora que estaba despierto, y ya me habĂa propiciado una buena paja pensando en Sarita, recordando esa primera vez que me pidiĂł que la ayudara con el supositorio apenas unos dĂas atrás. Quizá podrĂa repetir la experiencia esa misma mañana, pensĂ©.
Me levantĂ© en positivo, decidido a no comerme demasiado el tarro y disfrutar del dĂa en su compañĂa. Me duchĂ©, vestĂ y preparĂ© las carpetas con el material para la clase de matemáticas, asĂ como una mochila para luego ir a la playa. Hice todo lo posible para llegar a su casa pronto, unos minutos antes de las ocho de la mañana. Deduje que sus padres ya se habĂan ido a trabajar ya que no habĂa ningĂşn coche aparcado en la rampa del garaje.
Sarita me abriĂł viĂ©ndose espectacular, con otro de sus pijamas puestos. Esta vez una camiseta de tirantes blanca muy ajustada a su torso y unas braguitas de algodĂłn rosas adornadas con lacitos. Sin esperar ni un simple “hola” se lanzĂł sobre mĂ y me propinĂł uno de sus abrazos, acompañado de un par de besos en las mejillas, muy cerca de mis labios. Los sentĂ hĂşmedos, abriendo su boca y presionando mi piel con la mayor superfĂcie de contacto que le era posible.
Ya me puse bastante nervioso y excitado de entrada. Verla de nuevo tan ligerita de ropa sin preocuparse que yo la viera asĂ, y sintiendo el calor que desprendĂa su cuerpecito al apretarse contra el mĂo. Ese aroma a reciĂ©n levantada de la cama, con la confianza y familiaridad que se siente cuando abrazas a alguien tan prĂłximo. Tuve que tomar un par de respiraciones profundas para recomponerme.
—¡Qué bien que hayas llegado pronto! ¡Me muero de ganas por ir a la playa! —gritó emocionada.
—SĂ… claro yo tambiĂ©n… ehem. Pero primero a estudiar, Âżvale? —repliquĂ© intentando ponerme serio controlando mi propia emociĂłn.
—SĂ… que aguafiestas… —respondiĂł con una mueca burlona—. ÂżYa has desayunado?
—La verdad es que no… —admitĂ, acompañándola al interior de la casa.
—Pues vamos a la cocina, que yo me acabo de levantar —dijo risueña mientras corrĂa pasillo abajo, luciendo sus tiernas nalgas medio expuestas.
La ayudĂ© a preparar un poco de fruta y unos cereales. Yo no dejaba de controlar la hora, a sabiendas de lo que tenĂa que pasar a las ocho en punto. Cuando vĂ que pasaban un par de minutos, y al ver que ella no se daba por apercibida, me atrevĂ a preguntar.
—Sarita… Âżno tienes que tomar el medicamento…? —preguntĂ© tĂmidamente—. El supositorio digo…
Se girĂł mirando el reloj de la cocina y con cierto nerviosismo pegĂł un salto dejando a medias una manzana por cortar.
—¡SĂ, casi se me olvida! —y con una cara llena de intenciĂłn y coqueterĂa continuó—. ÂżMe ayudas…?
La seguĂ como las otras veces a su habitaciĂłn, con una erecciĂłn ya muy evidente entre mis piernas anticipando lo que iba a suceder. Me lo sabĂa de memoria, lo habĂa repasado cientos de veces en mi cabeza esos Ăşltimos dĂas. Sarita me entregĂł uno de los pequeños supositorios dentro de su envoltorio, y seguidamente se puso a cuatro patas sobre la cama esperando a que yo la ayudara.
Sudando tanto por el calor como por los nervios, me sentĂ© justo detrás suyo y procedĂ a deslizar ligeramente sus braguitas hasta dejar a la vista ese culito que me tenĂa encandilado. ParĂ© justo a la altura de su sexo, y me fascinĂł ver que ya habĂa un punto de brillo justo en su entrada vaginal. Tuve la tentaciĂłn de hundir un dedo y comprobar hasta quĂ© punto mi alumna preferida estaba mojada.
Reteniendome y convenciéndome de dejar que las cosas siguieran su rumbo natural, sin prisas, liberé el pequeño supositorio de su embalaje. Abrà bien la raja separando una nalga con mi mano izquierda, haciendo que sus agujeros se abrieran un poco más, y acerqué el comprimido a su cerrado y arrugado ano sin más demora.
TenĂa esas sensaciones grabadas en mis mĂşsculos, y mi polla casi me dolĂa de la tensiĂłn, anticipando el tacto de su esfĂnter envolviendo mi dedo. EmpecĂ© a empujar y observĂ© la facilidad con la que su recto recibĂa el supositorio, gracias al lubricante que incorporaba, y en un momento ya lo tenĂa todo en su interior.
Esta vez Sarita no tuvo que recordármelo, y sabiendo lo que querĂa, no me parĂ© y continuĂ© introduciendo la punta de mi Ăndice en su interior. Cuando ya tenĂa la uña dentro, sentĂ como ella tensaba su esfĂnter comprimiendo mi dedo. Con un poco de esa resistencia, seguĂ empujando hasta que mis nudillos tocaron su culo.
—Que no se salga… —dijo Sarita casi con un suspiro.
Casi me corro sintiendo su interior. Ella iba tensando y destensando al mismo tiempo que yo la penetraba casi imperceptiblemente. Un ligero mete y saca que yo justificaba asegurandome de que el supositorio se quedara dentro suyo, lo más al fondo posible. Pero sin duda eso la estimulaba, y lo que antes era tan solo una mota de brillo en su vagina, ahora era excitaciĂłn en toda regla. Su vulva se apreciaba hinchada, casi rojiza, y el flujo desbordaba resbalando por su blanca piel hasta quedarse atrapado ena la fina mata de vello que la cubrĂa.
Ninguno de los dos tuvo prisa en terminar, aunque estaba claro que ya no habĂa necesidad de seguir aguantando. Al cabo de un par o tres de minutos, Sarita se girĂł y mirándome a los ojos con una sonrisa dijo:
—Creo que ya está… mejor que sigamos con lo otro, que nos queda un dĂa muy largo.
Sin duda nos quedaba mucho por hacer antes de irnos juntos a la playa, y la anticipaciĂłn de ese momento tambiĂ©n me excitaba mucho. Despacio, deleitándome con cada milĂmetro que mi dedo penetraba ese apretado recto, fui sacándolo mientras que a veces volvĂa a entrar un poquito como sin querer, provocando que ella reprimiera pequeños gemidos.
Finalmente apartĂ© mis manos de su culito perfecto, y agarrando sus braguitas por ambos lados, las volvĂ a subir a sabiendas de que su ahora muy hĂşmedo coñito las acabarĂa empapando, dejando una mancha translĂşcida justo en el centro de la fina prenda de algodĂłn rosa.
Nos incorporamos y la seguĂ otra vez en direcciĂłn a la cocina. La ayudĂ© a llevar todo a la mesa y nos pusimos a desayunar juntos. Nada parecĂa haber cambiado entre nosotros. Sarita me hablaba de un poco de todo sin preocupaciĂłn. Ninguno de los dos mencionĂł lo que ocurriĂł la Ăşltima vez que nos vimos. ValorĂ© preguntarle sobre ello, pero me parecĂa que iba a estropear el buen momento que estábamos pasando charlando y riendo juntos, como amigos.
Terminamos de comer y despuĂ©s de ayudarla a limpiar nos sentamos de nuevo en la mesa, esta vez para devorar los libros y cuadernos de matemáticas. Sarita se sentĂł a mi lado, tan cerca que su piel me rozaba en las piernas y los brazos. Estaba muy concentrada en todo lo que le explicaba, y respondĂa perfectamente a todas las preguntas que le hacĂa.
Me sentĂ orgulloso de ella, nunca habĂa tenido a una alumna tan buena y aplicada. La felicitaba cada vez que respondĂa correctamente a una de mis preguntas, y ella me lo agradecĂa abrazándome, o acariciándome el brazo.
Hacia el final de la clase, le dĂ un par de problemas que tenĂa que resolver aplicando algunas de las tĂ©cnicas que le acababa de enseñar. Se incorporĂł sobre la mesa, muy concentrada en su libreta y sus apuntes. En vez de tomarme un descanso como solĂa hacer a esas alturas de la clase, me quedĂ© a su lado observándola.
Su camisetita de tirantes se le subĂa ligeramente dejando la parte baja de su espalda y sus caderas al descubierto. La fina puntilla que adornaba sus braguitas rozaba el lĂmite donde su espalda dejaba de ser espalda, y asomaba apenas ese hueco entre sus nalgas.
Concentrada en lo suyo, necesitĂł consultar una página del libro que estaba abierto justo en frente mĂo. Acercándose por encima mĂo, hizo igual que la vĂ hacer la tarde anterior en la plaza con su amigo; pasĂł su pierna por encima de la mĂa y la dejĂł apoyada sobre mi muslo. Luego se reclinĂł sobre mi libro para consultarlo, frotándose contra mi muslo y dejándome sentir la suavidad de su piel.
Desde atrás vĂ como ahora su posiciĂłn habĂa forzado que sus bragas descendieran un poco más, dejando ver ya sin problema la parte alta de sus blancas nalgas. Me retuve para no lanzarme sobre ellas y poder sentirlas entre mis dedos de nuevo. Me limitĂ© a grabarlas a fuego en mis retinas mientras gozaba del contacto de su muslo contra el mĂo, que empezaba a sentir algo hĂşmedo por el sudor que generaba.
Al cabo de unos pocos minutos, Sarita finalmente se echĂł para atrás sobre su silla, aunque dejando aĂşn su pierna sobre la mĂa.
—Creo que ya está… —dijo con un suspiro—. No era tan difĂcil.
Esta vez fui yo quien se inclinĂł sobre la mesa, y en vez de apartar la pierna que Sarita mantenĂa sobre mĂ, simplemente la deslicĂ© un poco más abajo para permitirme incorporarme. AgarrĂ© su muslo con mis dos manos, una sobre la parte externa y la otra sobre la cara interna. La acariciĂ© ligeramente con la palma de mis manos, que no apartĂ© de ella mientras examinaba el ejercicio. RevisĂ© el resultado y el procedimiento; todo estaba perfecto.
—Excelente, Sarita… está perfecto —la felicité—. Ya pronto me podrás enseñar tĂş a mĂ…
—Jajaja… —sonrió ruborizada, mientras yo no dejaba de sentir la suavidad de su piel, especialmente por la parte interior de su muslo—. Muchas gracias… pero es por el buen profesor que tengo.
Entonces se incorporĂł y apoyándose en mi brazo terminĂł de pasar las dos piernas sobre la mĂa, quedándose sentada sobre mĂ. ProcediĂł a regalarme uno de sus abrazos estrella, y luego otro beso en la mejilla que rozĂł mis labios. Me quedĂ© observándola, con ganas de lanzarme a comerle la boca, mientras sus enormes y perfectos ojos se clavaban en mi alma.
—¿Podemos ir a la playa, profesor? —dijo risueña.
—Por supuesto… te lo has ganado —contesté acariciándole la espalda.
Su culito se apretaba contra mi pierna, y ella desplazĂł una rodilla hasta que hizo contacto con mi bulto, abriendo ligeramente las piernas. DejĂł a mi vista la parte central de sus braguitas, justo sobre su vulva habĂa una mancha de humedad claramente visible. No sĂ© si ella era consciente de ello, pero en todo caso no hizo ademán de ocultarla. A los pocos segundos el aroma inconfundible de su sexo fue subiendo e inundĂł mis fosas nasales, volviendo completamente locas a mis hormonas.
ParecĂa que en cualquier momento iba a pasar algo. Su mirada la sentĂa intensa, y el calor que hacĂa y la poca ropa que llevábamos invitaban a dejarse llevar por nuestros instintos a****les. Pero Sarita rompiĂł el instante, y juguetona, dejándose desear, se levantĂł de golpe y empezĂł a recoger los libros y libretas.
—Venga, que quiero aprovechar al máximo de el sol —dijo sin dejar de recoger.
—Tenemos todo el dĂa, Sarita…
—Ya… ¿pero no ves lo blanquita que estoy?
Acompañó la pregunta bajándose las tiritas de su camiseta hasta dejar al descubierto sus pechos. Sin duda se le notaba la marca de esos bañadores de una sola pieza que vestĂa en sus clases de nataciĂłn. La blanca piel de sus senos coronados por un pezĂłn rosado y abultado, contrastaba con el color tostado de sus hombros y brazos.
—¡Eh! Venga, que te quedas pasmado… Me muero de ganas por llegar —dijo recomponiendo su ropa, y agarrando sus quehaceres contra su pecho se fue a guardarlos a su habitación.
Yo seguà su ejemplo y guardé todos mis libros en mi mochila. Ya iba preparado para la playa, con unas bermudas, una camiseta y unas chanclas, y en verano siempre llevaba alguna toalla y ropa de recambio en el coche por si la ocasión se terciaba.
Me acerquĂ© al pasillo pensando en ir con ella a su habitaciĂłn, sabiendo que no le importarĂa que la viera mientras se cambiaba de ropa.
—¡Yo ya estoy listo! —anuncié en voz alta adentrándome ya en medio del pasillo.
Esperaba que ella me invitara claramente a unirme a ella mientras se preparaba. Pero sorprendido vĂ cĂłmo aparecĂa por el corredor, aĂşn vestida como antes y con una mochila colgando del hombro.
—¡Yo también! —exclamó—. No quiero perder ni un minuto… ¡ya me cambiaré en el coche!
Sin demora nos salimos a fuera. TenĂa el coche aparcado en la calle, y me asombrĂł que a Sarita no le importara lo más mĂnimo que los vecinos o cualquiera que pasara por allĂ la viera tan ligerita de ropa. Sin más entramos en el auto y nos pusimos en marcha.
El trayecto duraba una media hora, y normalmente serĂa de lo más agradable excepto que a mi vieja chatarra no le funcionaba el aire acondicionado. El coche ya parecĂa un horno despuĂ©s de haber estado aparcado expuesto al sol, y bajar las ventanillas apenas ayudĂł a refrescar el ambiente.
PodĂa ver goterones de sudor deslizándose por la piel de Sarita, que seguĂa vestida de la misma guisa desde que salimos de su casa. Estaba muy emocionada y no paraba de repetirme el tiempo que hacĂa que no iba a la playa, y sobretodo sin sus padres. Me tocaba el brazo muy a menudo mientras hablábamos, lo que yo aprovechaba para desviar mi mirada a ella y apreciar su cuerpo.
Sus pechos se apretaban contra la tela de esa camiseta de tirantes, que ya exhibĂa ciertas manchas de sudor. Cruzaba las piernas sobre el asiento o apoyaba los pies sobre el salpicadero, cambiando de postura regularmente. SegĂşn la posiciĂłn, la tela de sus braguitas se pegaba al máximo contra su sexo, dibujando su forma y mostrándose aĂşn más mojadas.
Cuando ya llegamos a la carretera nacional en dirección a la costa y a velocidad de crucero, Sarita decidió que era momento de ponerse el bañador.
—Bueno, me voy a cambiar, no mires –dijo, no sé si medio en broma.
En un santiamĂ©n se quitĂł la camiseta, y tuve que ir con cuidado para no dar un volantazo. Luego de forma bastante aparatosa se levantĂł sobre el asiento como de rodillas, y fue deslizando sus braguitas piernas abajo hasta quitarlas completamente. Yo iba vigilando con el rabillo del ojo, girando levemente la cabeza, y sin querer creo que reducĂ la velocidad ensimismado por lo que veĂa.
Solo despuĂ©s de estar completamente desnuda se puso a buscar en su mochila el bañador que tenĂa pensado ponerse. Levantando su trasero expuesto, se inclinĂł hasta encontrar lo que parecĂa un pequeño bikini blanco y un pareo. Con las prendas en la mano, se echĂł para atrás cerrando los ojos, dejando que el sol bañara su cuerpo desnudo.
—Mmmm… qué agustito… —dijo casi gimiendo—. Ojalá pudiera tomar siempre el sol asà sin nada.
Se quedĂł tal cual un rato, con los ojos cerrados relajada sobre su asiento. LlevĂł sus pies sobre el asiento doblando las rodillas y abriendo sus piernas al máximo. No pude evitar mirarla, y ver su sexo abrirse como una flor, aunque fuera solo por unos instantes antes de que lo cubriera con el amasijo de ropa que tenĂa en las manos.
Lo que no tapaba por completo era su pubis, que me distraĂa, completamente ensimismado por esa fina capa de vello oscuro. Al ser poco espesa, esa pelusa tomaba un aspecto translĂşcido, y dejaba entrever el abultado montecito pálido que cubrĂa.
Se mostraba juguetona; medio inocente, medio sabiendo muy bien que me estaba provocando. Se quedĂł al menos diez minutos asĂ, y aunque se habĂa tapado apenas el coño con el pareo hecho una bola delante suyo, era increĂblemente sexy verla mover las piernas de un lado a otro, arriba y abajo, dejando entrever por breves momentos algo más antes de volverse a cubrir.
Sus pezones brillaban bajo los rayos del sol que entraban por el parabrisas. Se me antojaban de tacto sedoso, y sobresalĂan como dos bultitos en en el centro de sus perfectos pechos, dando ganas de apretarlos y comprobar su suavidad y consistencia.
Al cabo de unos minutos tomĂ© la salida hacia la costa; casi habĂamos llegado. EscogĂ un tramo de playa que sabĂa estaba poco frecuentado, más apartado de los principales nĂşcleos turĂsticos, y aĂşn asĂ quedaba cerca de un chiringuito que conocĂa.
Tuvimos que parar en un semáforo y al ver que varios coches se paraban a nuestro lado, Sarita decidió que era momento de vestirse. Un hombre en un todoterreno negro la observaba por su ventanilla mientras se deslizaba la pequeña braguita del bikini por sus finas piernas, colocándola cuidadosamente sobre su monte de Venus y ajustando las tiritas que lo sujetaban sobre sus caderas. Luego fue el turno del top, que también se fijaba a su cuerpo por unas tiras atadas a su cuello y espalda.
Pronto me encontrĂ© aparcando el coche en un descampado a pocos metros de la playa. HabĂa quizá otros seis o siete coches aparcados nada más, asĂ que confiĂ© en que la playa estuviera bastante vacĂa. Con nuestras mochilas en el hombro, cerrĂ© el coche dejándolo desamparado bajo ese sol criminal. Nos Ăbamos a asar durante el camino de vuelta.
Sarita se habĂa puesto un pareo verde alrededor de su cuerpo, pero era casi transparente y dejaba apreciar los gráciles movimientos de su cuerpo al escalar la pequeña colina arenosa que nos separaba de la playa. Desde arriba pudimos observar que, efectivamente, estaba bastante tranquila, apenas unos cuantos grupos de bañistas desperdigados por el ancho de la orilla.
Nos instalamos a media altura, no muy lejos del agua pero todavĂa en la zona donde la arena estaba bien seca. Ésta ya nos quemaba los pies, tal era el calor aĂşn y ser apenas las diez de la mañana. Yo tardĂ© un instante en extender la toalla y quitarme la toalla. Mi joven alumna necesitĂł más preparaciĂłn. ColocĂł la toalla con delicadeza para que ni un grano de arena tocara la parte exterior, y dejĂł sus quehaceres estratĂ©gicamente estudiando la facilidad con la que podrĂa alcanzar cada elemento mientras tomaba el sol.
Una vez terminĂł, deshizo el nudo del pareo y con cuidado lo doblĂł y guardĂł en su saco. Se sentĂł sobre su toalla de motivos hawaianos, y sin dudarlo un segundo llevĂł las manos a los nudos que apenas unos minutos antes habĂa atado para liberar su top. Sus blancos pechos *********tes quedaron a la vista de todo el mundo.
—¡Cuántas ganas tenĂa de hacer esto! —dijo emocionada, delatando que era la primera vez que hacĂa topless—. Si mi madre me pudiera ver me mataba…
Bajo la intensidad del sol, se apreciaba aĂşn más el constraste en su piel, delatando las horas que habĂa pasado ese verano en sus clases de nataciĂłn con bañadores de una pieza. Se definĂan con claridad las tiras en sus hombros, y desde el inicio de sus pechos, pasando por su barriguita, su piel se veĂa casi tan blanca como la braguita de su bikini.
Tumbándose completamente cara arriba, alcanzó la crema solar de un lateral de su bolsa, y pasándomelo dijo:
—¿Me ayudas?
6 years ago